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putita la niñera 3


El sábado amaneció con el mismo calor pegajoso que me había torturado toda la semana. Me levanté con la cabeza pesada, el recuerdo de la noche anterior quemándome la conciencia Lucía, esa pendeja hija de puta, se me había metido bajo la piel como un veneno lento. Me duché rápido, intentando borrar el olor del semen y la culpa que todavía me rondaba, pero cada vez que cerraba los ojos, veía su culo en ese short gris, sus tetas apretadas contra la musculosa, y esa sonrisa que me desafiaba a cruzar una línea que no debería ni mirar.
Bajé a la cocina, donde mi mujer ya estaba preparando café, ajena a todo. Le miré el orto y ya me empezaba a calentar. Con mi mujer siempre cojimos como conejos. Quizas el momento nos tenia un tanto distanciados. Pero la concha mas linda siempre era la de ella.


Los chicos correteaban por el living, y desde el patio se escuchaba a Lucía canturreando algo mientras colgaba ropa en el tender. Me asomé por la ventana, como si una fuerza invisible me empujara a buscarla. Ahí estaba, inclinada sobre la canasta de ropa, con un vestido liviano que el viento pegaba contra su cuerpo. Cada vez que se agachaba, el borde del vestido subía un poco, dejando ver el inicio de una bombacha blanca, de encaje, que se le clavaba en la piel. Hizo un movimiento lento, casi exagerado, como si supiera que la estaba mirando. Se estiró para colgar una sábana, y el vestido se levantó lo justo para mostrar el borde de sus cachetes, la tela de la bombacha marcándose contra su culo. Mi pija ya venia gorda desde la cama, dio un salto instantáneo, y tuve que girarme para que mi mujer no notara el bulto que tenia en el pantalón. Sentí una gota salir de mi pija y resvalar por mi pierna.
“Voy a revisar unas cosas en el garaje”, mentí,descradamente escapándome antes de que alguien me preguntara algo. Pero no fui al garaje. Me metí en el pasillo que daba al patio trasero, donde podía verla sin que me viera. Me escondí detrás de la cortina, con el corazón latiéndome en el pecho como si fuera a reventar. Lucía seguía con su rutina, pero cada movimiento suyo era una provocación. Se agachó otra vez, esta vez más despacio, y la bombacha se le marcó tanto que pude ver el contorno de su concha, la tela blanca apretada contra la carne. Mi mano fue sola a mi pija, que ya estaba dura como piedra. Me la apreté por encima del pantalón, imaginándola desnuda, con las piernas abiertas sobre el césped, yo encima, metiéndosela hasta el fondo mientras ella gemía mi nombre. Me imaginé chupándole la concha, sintiendo su humedad en la lengua, sus dedos clavándose en mi pelo mientras se retorcía.
Empecé a pajearme despacio, escondido como un pervertido, el roce de la tela contra mi pija haciéndome estremecer. Lucía se dio vuelta de golpe, como si hubiera sentido mi mirada, y por un segundo pensé que me había pillado. Pero no, solo se estiró, levantando los brazos, y el vestido se pegó tanto a sus tetas que vi los pezones marcados, duros, como si el calor también la estuviera poniendo en alerta. Seguí pajeándome, más rápido, imaginándola en cuatro, el culo al aire, yo agarrándola de los pelos y metiéndosela en el orto, su cuerpo temblando bajo el mío. La sábana que colgaba se movió con el viento, tapándola por un segundo, y eso me frustró tanto que casi gruño. Pero cuando volvió a aparecer, estaba inclinada de nuevo, la bombacha ahora un poco corrida, dejando ver un pedacito de piel que me hizo perder la cabeza. No pude contener la leche y acabé en el pantalón, un desastre pegajoso que me dejó temblando, escondido como un idiota detrás de la cortina.
El resto del día pasó en una nebulosa. Intenté evitarla, pero cada vez que Lucía aparecía, con esa sonrisa suya y esa forma de moverse que parecía gritar “mirame”, mi cuerpo reaccionaba como si tuviera quince años. Al final de la tarde, cuando los chicos ya estaban adentro y mi mujer se había ido a hacer unas compras, Lucía se acercó a mí en la cocina. “Juan, ¿puedo llegar un poco más tarde mañana? Tengo un trámite temprano”, dijo, con esa voz suave que me ponía los nervios en punta. Estaba tan cerca que sentía el olor de su piel, una mezcla de sudor y algo dulce que me hacía querer morderla.
La miré, con la cabeza todavía llena de las imágenes del patio. “¿Y cómo vas a pagarme el favor?”, dije, medio en broma, medio en serio, sintiendo cómo mi pija empezaba a despertarse otra vez. Ella no contestó de inmediato. En cambio, se arrodilló frente a mí, despacio, con los ojos fijos en los míos. “como vos quieras”, susurró, y su voz fue como un latigazo. No lo pensé dos veces. Me bajé el pantalón y el bóxer, dejando mi pija dura al aire, la cabeza ya brillante de tanto que me había calentado. “dale”, dijo, sin tocarme, solo mirándome con esos ojos verdes que parecían comerme vivo. Empecé a mover la mano, despacio al principio, sintiendo cómo la piel se deslizaba, cómo el calor me subía por el pecho. Ella no se movió, solo me miró, con los labios entreabiertos, las mejillas coloradas. Sus tetas subían y bajaban con cada respiración, y vi cómo se apretaba los muslos, como si ella también estuviera al borde.
“Más rápido”, murmuró mientras se llevaba la mano entre sus piernas, y obedecí como un perro. Mi mano volaba sobre mi pija, el sonido húmedo llenando la cocina. Me imaginé metiéndosela en la boca, sintiendo su lengua caliente, pero ella no se acercó. Solo miró, con esa sonrisa que me volvía loco y se apretaba suave lo que tenia debajo de la bombacha. “Acabá, viejo”, dijo, y fue como una orden. No pude contenerme. Un gemido se me escapó, y la leche salió a chorros, salpicándole la cara, manchándole los labios, la mejilla, el pelo. Ella no se movió, solo cerró los ojos un segundo, dejando que el líquido le resbalara por la piel. Luego se lamió el labio, apenas, y se levantó. “Listo, jefe. Mañana llego a las diez”, dijo, como si nada hubiera pasado. Se limpió la cara con el dorso de la mano y salió de la cocina, dejándome ahí, con la pija todavía palpitando y el corazón a mil.
Me quedé solo, con el pantalón en los tobillos y un nudo en el estómago. Esto se estaba yendo al carajo, y lo peor es que no sabía si quería parar. Lucía me estaba arrastrando a un juego peligroso, y cada vez que me miraba, sentía que ella tenía el control. Pero algo en mi cabeza me decía que esto no iba a quedarse así, que lo que venía iba a ser mucho peor. O mucho mejor.

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nukissy4890
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