
Su nombre era Ricardo, 28 años, cuerpo trabajado y sonrisa fácil. Había llegado al lujoso edificio del barrio alto como el nuevo conserje y encargado de mantenimiento, pero pronto se convirtió en el secreto mejor guardado de todas las mujeres del lugar.
Era atento, educado, siempre dispuesto a ayudar. Pero había algo más…
Un aura sexual que se le escapaba por los poros.
Las primeras en notarlo fueron las vecinas del piso 4. Solteras, divorciadas, casadas aburridas, todas empezaron a inventar excusas para llamarlo: que la ducha gotea, que el aire acondicionado no enfría, que la cerradura no cierra bien.
Una de ellas fue Lucía, del 702, una rubia de unos 42 años, casada, curvas bien marcadas y una mirada que lo desnudaba cada vez que lo veía. Una tarde lo llamó porque "la lavadora hacía ruidos extraños".
—¿Puedo pasar? —preguntó él, con el cinturón de herramientas al hombro.
Lucía estaba en bata. Nada debajo. Se inclinó mostrando el escote mientras señalaba la lavadora.
—Está por allá… aunque yo también tengo algo que hace ruido —dijo, mordiéndose el labio.
Ricardo la miró fijo. Cerró la puerta. En silencio, se arrodilló frente a la máquina… pero no para repararla.
Lucía se sentó en el mesón de la cocina, abrió las piernas y dejó que la bata se abriera, no tenia ropa interior.
—¿También reparas cosas húmedas? —susurró ella.
Ricardo se acercó sin decir nada y comenzó a lamerla como si tuviera toda la tarde.
Lucía gemía, agarrada del borde, mientras él le abría los labios y hundía la lengua en su concha caliente y mojada. El sonido de su boca contra esa concha húmeda llenaba el espacio.
—Dios… no pares… no pares… —jadeaba ella, estremeciéndose—. Métela ya… ¡necesito que me cojas!
Ricardo la cargó como si no pesara nada, la apoyó contra la pared y le metió la pija en la concha con fuerza.
La cogió como solo un hombre joven puede hacerlo: con hambre.
Ella se vino gritando, con las piernas rodeándole la cintura, mientras él acababa dentro, sin protección ni culpa.

Días después, fue la vecina del 1201, una morena alta, piernas infinitas, que lo llamó para "revisar la regadera". Él llegó, y ella ya estaba mojada… completamente desnuda, esperándolo en la ducha.
—Ya que estás aquí… ¿quieres comprobar si el agua sale caliente?
Ricardo entró sin dudar. Se arrodilló en el suelo mojado, la levantó por un muslo y se la metió allí mismo, mientras el agua caía sobre ellos.
Sus encuentros se volvían legendarios.
Pronto, todas sabían. Y todas lo deseaban.

Las mujeres casadas fingían llamadas al servicio técnico. Las solteras lo esperaban en ropa interior. Una hasta se le ofreció con la hija adolescente dormida en la pieza del lado.
Ricardo tenía el cuerpo para el trabajo… pero lo que ofrecía no estaba en el contrato.
No arreglaba solo goteras, duchas o luces. Arreglaba insatisfacciones. Calenturas. Soledades.
Y cada noche, bajaba por el ascensor con olor a perfume, marcas de uñas en la espalda…
y una nueva historia caliente que no podía contar.
Ricardo creía haberlo visto todo. Pero el día que conoció a Camila, supo que no había tocado fondo aún.
Era la hija de Lucía, del 702. Tenía 23 años, piel canela, ojos verdes, una melena negra que caía hasta la cintura… y un cuerpo que parecía esculpido para el pecado. Estudiaba arte y tenía una forma de hablar directa, desafiante, como si jugara con el deseo ajeno por puro gusto.
Una tarde bajó con una camiseta corta, y unos mini-shorts que apenas cubrían el trasero.
—¿Tú eres Ricardo , el famoso conserje que hace “mantenimiento completo”? —le dijo, mordiéndo el sorbete de un batido.
—Depende de quién pregunte —respondió él, sin poder evitar sonreírle.
—Camila. Me estoy quedando en el departamento de mi mamá unos días. ¿Crees que podrías revisar… mi ducha?
La siguió, sabiendo muy bien a qué iba. Pero lo que pasó adentro superó cualquier servicio anterior.
Camila lo empujó contra la pared apenas cerró la puerta. Se arrodilló sin previo aviso, le bajó el pantalón y empezó a mamárle la pija como una experta: profunda, sucia, con la lengua jugando por todo el tronco y los huevos. Lo miraba con esos ojos verdes brillando de malicia, mientras lo tenía completamente a su merced.
—Mmm… con razón las viejas del edificio andan sonrientes. Pero ahora me toca a mí —dijo, sacándose la camiseta y subiéndose a su regazo.
Se lo metió en su concha de una, sentada sobre él en el sofá, cabalgándolo con fuerza, sin pudor, con un ritmo animal. Sus tetas rebotaban frente a su cara, y sus uñas le arañaban el pecho.
—¡Dame más, conserje! Hazme tu maldita clienta favorita.
Ricardo estaba en trance. La joven lo apretaba como ninguna. Y cuando se volteó en cuatro sobre la mesa del comedor y se abrió las nalgas, él entendió que esto iba más allá.
—¿Estás segura? —preguntó él, jadeando.
—Dámelo por el culo. Hazme tuya de verdad.
La tomó con fuerza, le escupió el centro y la penetró despacio, sintiendo cómo ella gemía y se mordía los labios, excitada por la invasión. Pronto el ritmo aumentó. Camila se corrió gritando, temblando bajo él, mientras él la cogía hasta reventarse, llenándola completamente.
Cuando terminaron, Camila se tumbó sobre el sofá, sudando, el cuerpo todavía convulsionando.
—Te voy a secar, conserje… —dijo, bajando a chuparle la pija otra vez, ya medio blanda, limpiándola con la boca, mamando hasta que volvió a endurecerse y se vino de nuevo entre sus labios.
Ricardo quedó tumbado, jadeando, sin energía, sin palabras.
—Te advertí que eras mío —le susurró Camila, lamiéndose los labios—. Y ahora, lo serás cuando yo quiera.
Lo peor —o lo mejor— fue que a él le encantaba. Cada parte de ella. Su intensidad, su lengua afilada, su cuerpo perfecto.
Y sin darse cuenta… el conserje terminó enamorado de la hija más tremenda del edificio.

Esa tarde, Ricardo y Camila no podían esperar.
Apenas cerraron la puerta del 702, ella ya estaba desnuda, con el culo sobre la mesa del comedor.
—Vamos, conserje —le susurró—. Quiero sentirlo ahí… más profundo.
Ricardo no necesitaba más. La escupió, la abrió con los dedos y le metió la pija en el culo con un gemido ahogado.
Camila gritó de placer, arqueando la espalda, mirándolo sobre el hombro mientras él la cogía como un salvaje.
La escena era pornográfica: ella desnuda, sudada, gimiendo sin pudor, y él detrás, con las manos clavadas en sus caderas, dándole duro, golpeando sus nalgas con cada embestida hasta que los gemidos de ella retumbaban por todo el departamento.
Pero lo que no sabían…
Era que la puerta del pasillo había quedado mal cerrada.
Y justo en ese momento, entró Verónica, la vecina del 903. Alta, 40 años, piernas largas, morena elegante, mirada de loba. Llevaba tiempo deseando al conserje. Y ahora lo veía ahí, desnudo, con esa pija enterrada en el culo de una joven… y no pudo evitar morderse el labio.
—Vaya… interrumpo algo, parece.
Ricardo se sobresaltó. Camila se giró, pero no se cubrió.
Al contrario, sonrió, maliciosa.
—¿Quieres unirte, vecina? Aquí hay pija para rato…
Verónica no dijo nada. Solo cerró la puerta y se desabrochó lentamente el vestido.
No llevaba sostén. Se bajó la bombacha.
Se acercó al conserje, lo tomó del mentón y lo besó con hambre. Después bajó, se arrodilló… y comenzó a chuparle los huevos mientras él seguía cogiendo a Camila por atrás.
—Qué rica la tiene… —dijo Verónica, pasándose la lengua por los labios—. Ahora quiero que me la metas a mí también, pero en la boca.
Ricardo se retiró, empapado de sudor y de jugos. Camila se tiró en el sofá, con el culo abierto y sonriendo, viendo cómo la elegante vecina tragaba su leche con maestría, sin dejar que ni una gota cayera.
Después, Verónica se subió sobre él.
Lo cabalgó como una reina, mientras Camila se lamía los dedos, excitada por la escena.
—Este conserje… es el mejor servicio que tiene este edificio —dijo Verónica, jadeando.
—Y ahora es nuestro —respondió Camila, uniéndose para besarla, mientras ambas compartían al hombre como si fuera un manjar.
Ricardo terminó con una mujer rebotando sobre su pija , y otra lamiéndole los pezones y besándole el cuello, enredado en una orgía improvisada entre vecinas, gritos, gemidos, y cuerpos empapados de sudor.
Y lo peor —o lo mejor— es que…
aún no habían llamado a la vecina del 501, que también esperaba su “revisión de cañerías”.


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